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Cartas al Director / Por Roberto F. Bertossi

Una semblanza sobre Juan Pablo II

Por estas horas, una sensación como de orfandad colectiva, se ha apoderado de la humanidad.

Ha partido el buen pastor.

Lo telúrico e inmanente se contrastó nítidamente con el hecho trascendente y, seguramente muchísimas personas abrieron ya su mente y su corazón a un domingo sin ocaso.
Su ausencia definitiva, su liderazgo-referencial, moral, ético, y solidario, su coherencia sin fisuras en su pensar, en su decir y en su hacer, su autoridad ecuménica -no sólo por su investidura y significación para la grey católica sino para todo el mundo-, merecida y acrecentada cotidianamente en todas partes por sus testimonios, por sus meritos, por su credibilidad, por sus sufrimientos y por una constancia admirable, sin desmayos son iconos formidables que acentúan el pesar de todos en todas partes del mundo, especialmente para los jóvenes pero al mismo tiempo, son también, sólidos estímulos para alimentar nuestra esperanza de que un mundo mejor es posible y de que, cada uno, cada cual, según su credo, según su raza y según sus circunstancias, puede vivir y convivir en adelante, un poquito mejor.

Juan Paulo II no dudó ni tuvo distracciones en ir hasta los confines de la tierra para anunciar -oportuna e inoportunamente- la buena noticia, vigoroso y con un sincretismo sin par, viviendo en buenos términos con todas las personas, sin rendirse jamás, diciendo la verdad tranquila y claramente, escuchando y promoviendo a todos, preferentemente a los mas empobrecidos y postergados.


Para globalizar la dignidad humana, para globalizar la solidaridad el oraba constantemente, él vivía con alegría y esperanza, luminoso; él enfrentó la adversidad, las balas, el rechazo, los insultos, las enfermedades pero siempre, siempre, con hidalguía y sin violencia pues confiaba sólo en la eficacia de la oración.
Él murió rezando y la oración se convirtió en el puente de gloria para su eternidad.

El no se amilanó ante los poderosos de la tierra y llegó adonde nadie llegaba, aún con un lenguaje nuevo, creativo y persuasivo para la defensa de los derechos humanos, por caso en el África, donde más son atropellados.
El pidió perdón al mundo por los pecados de la iglesia, el le levantó la excomunión que pesaba injustamente sobre Galileo Galilei...
El derrumbo al gran muro con la fuerza de la oración, de la unión, de la solidaridad y de la paz.

Él llegó al Islam y se ganó su respeto y reconocimiento actual.

Él llamó a los israelitas “nuestros hermanos mayores en la fe”, él llegó a Israel y ellos ahora, también le llaman “nuestro hermano mayor”

Él evitó la guerra con Chile donde se habrían perdido miles de vidas humanas y por eso, hoy gozamos con nuestros vecinos trasandinos de paz, pero mayor es el gozo y la gratitud por no haberse malogrado ni una sola vida.
El intercedió por Malvinas, todo lo que pudo.
El fue a Cuba y le pidió la hora a Fidel Castro, el se mostró a los periodistas afeitándose en el avión de un viaje papal porque él era humano y acercó como nadie la iglesia al pueblo, poniéndosela al hombro, peregrinando, presidiendo las vigilias con los jóvenes, cantando, bendiciendo y orando sin cesar.
El creyó siempre en la virtud, cuya existencia visualizaba en tanta gente luchando por altos ideales convencido de que la vida está llena de heroísmos.
El mantuvo siempre, en la ruidosa confusión de este mundo, paz consigo mismo y con todos los demás, pues, ni las farsas, ni los males de este mundo ni todos los sueños rotos pudieron doblar, ni siquiera torcer ni menguar su convicción de que éste sigue siendo un mundo hermoso.

Finalmente entonces, quien más, quien menos, todos hemos quedado un poco huérfanos pero alegres, alegres, con la contundente e intima seguridad para los creyentes de que si hay cielo, allí esta él, alabando a Dios con su Virgen María, con sus amigos, con San Juan de la Cruz, con Ghandi, con Madre Teresa, en fin, con todos, porque, no se dude, hay fiesta en el cielo.-

Roberto F. Bertossi

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