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Organizada por la Asociación de Reporteros Gráficos de la Argentina (ARGRA)

18ª. Muestra Anual de Fotoperiodismo Argentino

- Es una de las máximas exposiciones de la fotográfía nacional.

- Reúne más de 300 trabajos de los reporteros gráficos argentinos.
ARGRA / XVIII Edición / Período 2006

- Desde el jueves 26 de julio hasta el domingo 26 de agosto, en el Palais de
Glace (Posadas 1725, Buenos Aires).
- Entrada libre y gratuita.


Buenos Aires, jueves 23 de agosto de 2007.-  Organizada por la Asociación de Reporteros Gráficos de la Argentina (ARGRA), el jueves 26 de julio quedó inaugurada la 18ª. Edición de la Muestra Anual de Fotoperiodismo Argentino, con trabajos correspondientes al período 2006.
Desde hace 18 ediciones, la Asociación de Reporteros Gráficos de la República Argentina propone un recorte posible de la realidad de todo un año. En este caso, el 2006.
Según sus organizadores, “Algunas fotografías se sobreimprimen sobre nuestra memoria, otras actualizan hechos ya en vías de ser sepultados por otras urgencias, y también están aquellas que nos obligan a volver sobre ese pasado reciente con una mirada diferente, tal vez más amplia, tal vez más completa.”
Y agregan: “No es la historia de un año. Es el esfuerzo de los reporteros gráficos construido con su trabajo cotidiano. Es un recorte de las miles de fotografías que se propusieron desde todo el país para conformarlo. Estamos orgullosos de la trayectoria lograda con esta muestra y de la masiva participación de nuestros colegas de las más diversas provincias argentinas.”

Para agendar:

. Lugar: Palais de Glace, Posadas 1725, Buenos Aires
. Abierta al público: desde el 26 de julio al domingo 26 de agosto de 2007, de martes a domingos de 14 a 20 horas.
. Entrada libre y gratuita

Detalles de la muestra

En esta 18ª. Muestra Anual de Fotoperiodismo Argentino se exhibirán más de 300 imágenes, algunas de ellas en tamaño gigante, ordenadas en fotos individuales e historias gráficas con distintos ejes temáticos: actualidad, deportes, naturaleza y medio ambiente, artes y espectáculos, y vida cotidiana.
El comité editor estuvo integrado por Adriana Lestido, Daniel García, Eduardo Grossman, Gabriel Díaz, Jorge Sáenz, Pablo Lasansky, Rafael Calviño y Ricardo Alfieri.
Los miembros de la Comisión Directiva de ARGRA agradecen a las personas e instituciones que la hicieron posible.

Una imagen de Jorge Julio López, y el recuerdo a José Luis Cabezas
La muestra se identifica con la imagen de Jorge Julio López en el momento en que visitó la comisaría que fue el escenario de su cautiverio y tormentos.
Desde ARGRA expresan: “Elegimos esta foto de López como un homenaje a su coraje. Expresa nuestro compromiso con la memoria y nuestra exigencia de su aparición con vida.  Y a diez años del asesinato de nuestro compañero José Luis Cabezas, reiteramos: No hay democracia sin justicia. No hay justicia sin verdad. Y no hay verdad sin memoria”.

Reporteros gráficos de ARGRA, autores expositores en esta 18ª. Muestra

Abbate Enrique Manuel - Acosta Martín - Alfieri Mauro - Amarelle Gustavo - Amena Maxie - Añeli Pablo - Aranela Walter - Araujo Mariana - Astrada Walter - Avila Bernardino - Aznarez Soledad - Baca Daniel - Bratin Alejandra  - Brigo Carlos - Brindicci Marcos - Bugge Víctor - Busti Pablo - Cabezas José Luis - Cabral Gustavo - Cáceres Carlos Marcelo  - Cáceres Roberto Daniel -Calvelo Gonzalo - Calviño Rafael - Cartasso Sandra - Casali Sebastián - Cecilia Reynoso - Chávez Simón - Corbani Fernanda - Cuarterolo Pablo - Dapari Daniel -
De la Orden Fernando - De Luca César - Dell´Oro Gerardo - Delloro Pepe  - Farré Eduardo - Fernández David  - Ferrari Raúl –
García Adrasti Germán  - García Daniel - Gens Fernando - Gesualdi Victoria - Gómez  Marcos  - Gómez Edgardo - Granata Sebastián - Greco Carlos - Gredillas Fabián - Gutiérrez Claudio - Hafford Santiago - Izquierdo Diego –  José Romero - La Valle Leonardo -
Lasalvia Emiliano - Lillo Roberto – Livera Oscar Aníbal - Lombardo Guadalupe - Lucesole Martín - Luna Leonardo - Mabromata Juan - Mainoldi Gonzalo - Marelli Fabián - Massobrio Fernando - Mateos Pepe - Miguelez Emiliana  - Neustadt Damián - Niklison Carolina - Obregón Juan - Ochoa Marcelo - Olmos Sgrosso Jorge - Orellana Atilio Gabriel - Ortiz Gustavo - Pacheco Ariel - Pagni Alejandro - Pampillón Arnaldo – Pandolfi Santiago - Pantoja Julio - Paone Horacio - Pelichotti Orlando – Pereira Juan Ignacio - Piemonte Sergio -
Piko Gabriel - Piovano  Pablo - Pisarenko Natacha - Pristupluk Ricardo - Puente Pablo - Ramos Hugo – Ríos Maximiliano -
Rodríguez Adami Guillermo - Rosemberg Vera – Rosito Enrique - Sacchero Adrián - Sánchez Noli  Juan Pablo - Senarega Pablo -
Solari Rodolfo Jorge - Tesone Juan - Teysseire Leandro - Thieberger Luciano - Traverso Juan José - Urquiza Fabián - Valdez Tony - Vatovec Guillermo – Vega Mariano - Vera Franco Alberto - Vernazza Maximiliano – Von Wartenberg Henry - Yohai Rafael -

Zabala Martín - Zenteno Hernán.

La Muestra de Fotoperiodismo: desde 1980, un espacio de expresión y libertad de prensa

A principios de la década del ‘80, en plena dictadura militar, la Asociación de Reporteros Gráficos de la República Argentina (ARGRA), dio su pelea por el derecho a la libre expresión y la libertad de prensa mediante la realización de la Muestra Anual de Fotoperiodismo, donde podían apreciarse fotografías censuradas y no publicadas en medios gráficos. Esa muestra marcó el camino para la realización anual de la muestra “El Periodismo Gráfico Argentino” que año tras año recorre diversos puntos del país dando cuenta de los principales acontecimientos vistos desde la mirada crítica de los reporteros gráficos.
Desde entonces y hasta la actualidad, la repercusión periodística y la vasta concurrencia de público convirtió a la Muestra Fotoperiodismo Argentino en un acontecimiento único en la historia de la fotografía Argentina, y en un punto ineludible para acceder al trabajo grupal de los fotoperiodistas.

¿Hubo tiempos felices?, por Martín Caparrós (Texto del catálogo de la 18ª. Muestra)

Hay una foto: un culo desfila por una pasarela, muchas manos se elevan hacia él; casi todas enarbolan –¿enarbolan?– celulares con cámara de fotos: lo registran. Una docena de maquinitas registran ese culo –la imagen de ese culo– atronador. Todos, cualquiera, lo registran: son, en ese momento, bajo el embrujo de ese culo, algo como fotógrafos. O, por lo menos, están fotografiando.
Hubo tiempos felices –¿hubo tiempos felices?– en que ser fotógrafo era hacer fotos. Ahora, cuando todos –y, por una vez, todos significa casi exactamente todos– las hacen, ¿qué será ser fotógrafo?

La muestra anual de la Asociación de Reporteros Gráficos ofrece una respuesta a esa pregunta. No es la respuesta –pocas veces un artículo y un sustantivo se inflaman mutuamente más que cuando la se junta con respuesta–, pero es una. Y una de las más decididas, consistentes, enérgicas. La ARGRA muestra lo que hacen quienes contestan que ser fotógrafo es registrar la realidad para contarla. No crear una realidad alternativa, no inventar formas y colores, no guardar retoños o conquistas en la computadora o el teléfono; contar lo que existe, lo que todos podrían ver si supieran cuándo, dónde, cómo.

Hay una foto: una de las imágenes más emitidas de la Argentina, la cara de una Mirtha Legrand, es otra cuando una cámara la muestra sin todos esos velos que suelen regalarle –y te convence de que ahí sí hay realidad. Me impactan fotos cuando me convencen de que me están mostrando algo que no ví en lo que veo todo el tiempo.

Hubo tiempos felices –¿hubo tiempos felices?– en que sólo a través de fotos mirábamos el mundo. Después el cine y sobre todo, obvio, la tele, tomaron ese espacio. Ahora una foto es una imagen secundaria comparada con las imágenes centrales de la televisión; debe ser, entonces, algo más.

Hay una foto: en una convención de malabaristas, dos docenas de clavas en el aire; clavas, sólo clavas recortadas contra un cielo potente, efecto sin su causa, borde de la historia. Me impactan fotos cuando me dejan imaginar –sin mostrármela– una escena tanto más compleja.

Hubo tiempos felices –¿hubo tiempos felices?– en que una foto era un documento irrefutable. En esos días –que duraron más de un siglo– el fotógrafo era el testigo final, el definitivo: la foto era una esclava de la realidad que no podía sacudirse sus cadenas –y, por eso, todos le creían. El reportero gráfico fue el producto y el productor de esta creencia; ahora, cuando las computadoras hacen milagros con las fotos, la foto ya no es un testimonio notarial; debe ser, entonces, algo más: sugerencias, relatos, el momento de mirar con pausa, con el placer del tiempo detenido.

Hay una foto: un señor acusado de haber quemado doscientas personas en su discoteca está parado de frente, los ojos muy abiertos, la camiseta blanca sobre un fondo de colores de patria carcelaria, su cansancio. Me impactan fotos cuando dejan de lado cualquier tentación de la retórica –cuando dejan de hacer lo que uno suele hacer para mostrar que no sólo dice palabras, como todo el mundo, sino que las engarza.

Hubo tiempos felices –¿hubo tiempos felices?– en que la fotografía ofrecía a sus cultores una serie de limitaciones técnicas que los justificaban: una cámara era una máquina espinosa, una foto sólo podía ser así y asá: generalmente blanco y negro, generalmente nítida perfecta, generalmente clásico el encuadre, todas esas cosas. Ahora, que esas barreras han caído, sacar fotos es tanto más fácil, hacer una foto tanto más difícil.

Hay una foto: militares blanco y negro nuca al sol que se llevan las manos a la sien sombría, como quien se apuntara, intimidara. Me impactan fotos cuando me traen palabras, me producen palabras: amenaza, ominoso, siniestra, aterrador.

Y hay una foto de un señor charlando, una espalda, una gorra, una mano: nada, la cara de un señor que habla con otro que dice policía. Nada en esa foto la destinaba a ser la tapa de un libro como éste, pero fue la última. Hace casi un año que no sabemos qué fue de Jorge Julio López: que desapareció. Me impactan –me impactan sobre todo– fotos cuando muestran la historia detenida en un momento, cuando consiguen sintetizar la historia.

Hubo tiempos felices –¿hubo tiempos felices?–; hay cantidad de fotos. Algunas se hablan, se contestan: la lágrima que corre por la cara de un hombre en un acto contra la dictadura y el brindis con bandera y champaña del presidente en una cena militar; la mirada perdida de un motorista que un camión acaba de atropellar y las miradas encontradas del enano y la gorda que venden erotismo; el capitán que limpia el vidrio sobre el cadáver Pinochet y la multitud que se arremolina alrededor del cadáver Perón; el negro y el blanco que festejan tan al unísono la derrota argentina –la victoria alemana– y el señor con obelisco que deplora la victoria alemana –la derrota argentina–. Las fotos no me necesitan para charlar –entre sí, con quien quieran. Pero son más de trescientas y, entre tantas, hay tan pocas imágenes de la felicidad.

Poquísimas: hay cinco o seis chicas de colegio coloridas de harinas y pinturas que festejan el final de su bachillerato; hay un candidato que aletea entre cintas y papelitos de colores; hay un presidente cuya figura se adivina detrás de papelitos de colores; hay una ministra de Economía que se ríe de vaya a saber qué antes de una conferencia de prensa; hay un par de deportistas que celebran –pero ya sabíamos que los deportes se celebran, y por eso, seguramente, los seguimos mirando con fruición. Y no hay más. Si es cierto que hubo tiempos felices, no deben ser éstos. O, por lo menos, no salen en las fotos. Por algo será. Algo habrán hecho.

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