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Opinión - Por Víctor O. García Costa (especial para ARGENPRESS.info)

La curiosa necrofilia de los argentinos

El culto a los muertos es tan antiguo como la humanidad. Somos estrictamente respetuosos de ello a pesar de ser partidarios de la donación de órganos, de la cremación y de la aventación de las cenizas. Es lo que queremos que se haga con nuestro cuerpo muerto.
Pero debemos reconocer que no conocemos otro pueblo en el mundo en que los cadáveres o partes de ellos sean objetos de una manipulación que va más allá del normal manejo de los cuerpos muertos, esto es: del velatorio, el sepelio, el retiro de restos y la reducción de los mismos.

Entre nosotros hay cientos de episodios de manipulación de cadáveres y de partes de ellos que no son normales. Y no lo son por el trato desconsiderado, cuando no salvaje, que se hace de esos restos, en detrimento del respeto que debe haber por ellos y por los sentimientos de los deudos.

El caso más flagrante es el ocultamiento que se hace, hasta hoy, de los cuerpos de los detenidos-desaparecidos de la última dictadura, fueran combatientes o no lo fueran. Así, las Fuerzas Armadas que se niegan a informar, impiden a los familiares de las víctimas que puedan hacer su luto y cerrar, con todo el dolor imaginable, ese capítulo de sus vidas. Aunque sabido es que los cuerpos arrojados al mar, dado el transcurso del tiempo, son prácticamente irrecuperables, debería informarse sobre quiénes han tenido ese horroroso destino. Pero, además, por qué ocultar el lugar donde están enterrados los detenidos asesinados. Entre esos cuerpos ocultos está el de Mario Roberto Santucho.

Nuestra historia registra casos espeluznantes de manipulación de cadáveres: uno de ellos es el de Juan Genaro Berón de Astrada, al que después de muerto el 31 de marzo de 1839 en la batalla de Pago Largo, recibió 18 lanzazos, se le cortó una oreja y se le sacó una lonja de cuero de su espalda con la que se confeccionó una manea que se regaló a Juan Manuel de Rosas.

Otro es el caso de Francisco ’’Pancho’’ Ramírez, vencido en la batalla de Río Seco el 10 de julio de 1821, a quien se cortó la cabeza que se exhibía como trofeo sobre el escritorio de Estanislao López después de haber sido expuesta en el Cabildo.

También se cortó la cabeza de Marco Avellaneda, detenido y muerto en Metán el 3 de octubre de 1841, la que fue colocada en una pica en la plaza de Tucumán, de donde fue rescatada. Se trozó su cuerpo, pero antes se sacó una lonja de su espalda para hacer otra manea.

La cabeza de Avelino Viamonte, hijo del general Juan José Viamonte fue cortada y paseada por las calles al grito de ’’sandia calada’’.

El cuerpo de Juan Galo de Lavalle, muerto el 9 de octubre de1841 fue llevado desde Jujuy hasta Potosí, para impedir que su cuerpo fuera maltratado y vejado por sus enemigos.

Los restos de Juan Manuel de Rosas, estuvieron condenados por años a la expatriación por la sentencia poética de José Mármol: ¨ni el polvo de tus huesos la América tendrá’’.

Los restos del general José de San Martín, fueron depositados después de agudas resistencias en suelo extracatedralicio, abandonado su cuidado por la Curia en 1884. El cajón está colocado inclinado cabeza abajo por su adhesión masónica.

Cuando se trasladaron los restos de Manuel Belgrano, los ministros Pablo Richieri y Joaquín V. González se llevaron, cada uno, un diente del prócer, que ante el escándalo provocado, devolvieron aduciendo que los querían mostrar al general Julio Argentino Roca.

Y, ya más cerca nuestro, el tratamiento bestial e irrespetuoso dado al cuerpo de Eva Perón después del golpe militar de 1955, robado de la Confederación General del Trabajo, llevado a Italia, donde permaneció sepultado con nombre supuesto y traído en canje por el cadáver de Pedro Eugenio Aramburu, también robado de su sepulcro. Ultimamente, el corte de las manos del general Juan Domingo Perón, sin que aún se haya descubierto a los autores de la profanación. Podríamos seguir.

De ninguna manera objetamos al traslado de los restos del general Perón a un mausoleo en San Vicente en tanto se lo haga respetuosamente y sin aprovechamientos ni actitudes subalternos. Simplemente queremos respeto por los muertos, por todos los muertos.


Nota de la Redacción: Este artículo fue realizado antes de los graves acontecimientos en la quinta de San Vicente, lugar donde se levanta el mausoleo a Juan Domingo Perón.

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