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CyTA-Instituto Leloir. Por Florencia Mangiapane y Ricardo Gómez Vecchio

22 de Mayo - Día Mundial de la diversidad biológica

Entrevista al Dr. Pablo Canzini. (CyTA-Instituto Leloir. Por Florencia Mangiapane y Ricardo Gómez Vecchio)

PAPELERAS: “EL INFORME DE IMPACTO AMBIENTAL DEL BANCO MUNDIAL TIENE FALENCIAS DESDE EL PUNTO DE VISTA ATMOSFÉRICO”

Pablo Canziani es doctor en Ciencias Físicas, graduado en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA. Desde 1995 investiga para el CONICET y ahora también para la UCA. Entre el ozono, el cambio climático y la contaminación ambiental, transcurre una charla donde el joven científico manifiesta su preocupación por el panorama que espera a las futuras generaciones si gobiernos y empresas no hacen un uso más inteligente de los recursos naturales en función del bienestar de los pueblos.

-¿Por qué decidió estudiar Física?
-Quería estudiar Ingeniería Electrónica o Nuclear. Empecé Física en la Universidad de Ginebra, Suiza, donde estaba trabajando mi padre, porque ahí no había Ingeniería Electrónica. Al año volví al país y cursé la licenciatura en Física en la UBA, ya que en Ingeniería Electrónica no me reconocían las materias. Después hice el doctorado en Física, también en la UBA.

-¿Cómo se vinculó con el estudio de la atmósfera?
-En la carrera me gustó mucho Dinámica de Fluidos y terminé haciendo la tesis de licenciatura en Dinámica Ionosférica, una suerte de geofísica con utilidad para comunicaciones. Decidí pedir una beca de posdoctorado en el exterior. Le escribí a un famoso experto en los Estados Unidos, que me estimuló a presentar los papeles para participar en una misión satelital, donde un sensor iba a estudiar la ionosfera. Finalmente me salió la beca y viajé a la Universidad de Washington, en Seattle.

-¿Cómo salió la misión?
-Cuando llegué me recibió el profesor Holton, miembro de la Academia de Ciencias de los Estados Unidos, y me dijo que el sensor con el que iba a trabajar tenía problemas. Entonces me propuso dedicarme al tema de ozono y estratosfera. Así fue como bajé de la ionosfera y empecé a trabajar en el tema del clima.

-¿Y a partir de ahí siguió siempre trabajando en esa línea?
-Sí, a partir del ’92 me entusiasmé con el tema del ozono. En el ’95 ingresé al CONICET, donde actualmente soy investigador independiente, y empecé a estudiar la relación entre estratósfera y clima. Estuve un tiempo en La Plata y después en el Departamento de Ciencias de la Atmósfera de la UBA hasta mediados del 2004, cuando el CONICET hizo un convenio para establecer grupos de investigación en la UCA.

-¿Por qué se pasó a la UCA?
-En el Departamento de Ciencias de la Atmósfera de la UBA no había espacio físico para desarrollar el grupo. Había ganado un subsidio y tenía una computadora, pero no había dónde instalarla. La UCA nos dio la posibilidad de armar un grupo de investigación pagado en parte por el CONICET y en parte por la UCA.

-¿Trajo investigadores de la UBA?
-Todo el grupo. Yo venía trabajando dos temas fuertes: por un lado ozono, el rol de la estratosfera en el clima y el cambio climático, y por el otro, la contaminación del aire e impacto en el clima de los incendios por desmonte en el norte de Argentina, Brasil y Bolivia. En el equipo hay físicos, meteorólogos, químicos y una abogada haciendo un doctorado con una beca del CONICET en la parte aplicada del tema incendios. Esperamos también incorporar economistas para estudiar los impactos de los problemas climáticos en la economía, además de sociólogos.

-¿Cómo ve la situación de la investigación en su disciplina?
-Mejoró bastante después de 2001, pero todavía falta mucho. Espero que las mejoras no queden en un apronte y se llegue a lo concreto. Hay factores económicos, pero también un problema cultural. Para mí la actual gestión del CONICET es buena, pero falta inversión tanto del Estado como del sector privado, que no tienen políticas a mediano y largo plazo. Además, hay un grave problema, la falta de chicos recién recibidos para formarse. En el Diálogo Argentino, se estimó que se necesitan 500 doctorados por año y no se llega a ese número.

-Tradicionalmente las universidades privadas no se habían ocupado mucho de la investigación. Ahora que está trabajando en una universidad privada, ¿cree que esa tendencia está cambiando?
-Sí, un poco por las políticas activas del Ministerio de Educación en relación con la CONEAU. Las universidades públicas ya no tienen espacio físico para hacer investigación. Por otro lado, para que una universidad sea tal necesita investigación, si no es un colegio profesional. Algunas universidades privadas han entendido el problema y están tratando de cambiar las cosas. No es fácil, pero lo están haciendo.

-¿Qué han encontrado de interesante en lo que están investigando?
-Desde hace 3 o 4 años hay un gran debate: si lo que ocurre en la estratosfera es causante del calentamiento que se observa en la Patagonia y la Antártida. Hay una línea, en mi humilde opinión un poco forzada por decisiones políticas, que insiste que el calentamiento que se observa en el sur argentino y en la Península Antártica es consecuencia directa de la destrucción de la capa de ozono, y que cuando ésta se recupere se va a revertir. No estoy muy convencido de eso, estamos trabajando con datos de bases antárticas argentinas que indican lo contrario.

-Usted representa a la Argentina en el tema capa de ozono. ¿Cómo está la situación?
-En este momento la pérdida de ozono está estabilizada. Creo que todavía no se ve recuperación, aunque hasta 2010 no vamos a tener una señal clara. Por lo menos, desde hace cinco o seis años no empeora. En la zona de influencia de Argentina, Chile, y Península Antártica, la cantidad de destrucción entró en un amesetamiento. Un cambio aparente en la circulación atmosférica ayudó a que la disminución del cloro haya estabilizado rápidamente la destrucción.

-¿A qué se debería el calentamiento si no se debe a las emisiones de gases?
-Desde mi punto de vista, hubo cambios en la circulación atmosférica. Si bien, en el caso del ozono, hay una gran cantidad de gases contaminantes —los famosos gases con cloro, los CFC—, el cambio de circulación favoreció aún más el impacto de estos gases. En nuestros trabajos hemos observado saltos de variación climática a fines de la década del ’70, un cambio entre fines de los ’80 y principios de los ’90, y probablemente haya otro cambio de circulación a principios de este siglo, resultados coincidentes con estudios de otros investigadores.

-¿A qué se atribuyen estos cambios?
-Algunos pueden deberse a emisiones de gases efecto invernadero producto de la actividad del hombre, y otros pueden ser efectos de los cambios naturales de la atmósfera. El gran tema es determinar cuáles son los cambios causados por el hombre y cuáles son los cambios forzados por procesos naturales.

-¿Qué ocurriría si estos cambios se siguen produciendo como hasta ahora?
-En la comunidad científica dedicada al tema hay mucho trabajo de modelos y poca comparación con las observaciones, cosa que me preocupa. Si uno trabaja con datos, observa cambios. Si contrastamos los modelos con las observaciones podemos inferir cuáles son los cambios naturales y cuáles los generados por el hombre. Hay algunos indicios en las series que analizamos sobre la Antártida que sugieren que efectivamente hay cambios de los dos tipos. Los modelos indican que a partir de la década del ’70 se iniciaría el forzante del calentamiento climático actual, generado por el hombre. Eso sí lo vemos en la Antártida, pero otras cosas no.

-¿Por ejemplo?
-Argentina tiene la estación antártica más antigua de la historia, que es la de Orcadas, donde se observa ya un calentamiento entre 1904 y 1940.

-¿Qué calentamiento sufrirá la Antártida en los próximos años y con qué consecuencias?
-El tema es complicado, porque la contaminación depende del estado de la economía. Y también del estado de uso de suelos y la deforestación. Hay un abanico de escenarios. Por un lado, están los modelos de máxima o business as usual, como se llama en la jerga del Panel Intergubernamental de Cambio Climático, que prevén que siga la tendencia actual de incremento de consumo de carburantes, petróleo y carbón. También se proyectan distintos índices de mitigación de uso de esos contaminantes a partir de la aplicación del Tratado de Kyoto y un crecimiento más moderado de la economía. En todo el mundo, se calculan aumentos de entre 1,5 y 6 grados de temperatura para los próximos cien años.

-Un grado y medio no parece mucho, pero las consecuencias son importantes.
-Sí, porque un grado y medio puede cambiar la dinámica de la atmósfera. La gente normalmente entiende el calentamiento como aumento de la temperatura. En realidad, el aumento de temperatura cambia el funcionamiento de los sistemas en la atmósfera. Como toda la atmósfera es un motor termodinámico, un cambio en las intensidades de temperatura modifica el movimiento de las masas de aire dentro de la atmósfera. Entonces, puede generar un enfriamiento en algún lugar y un calentamiento muy superior en otro. También puede haber cambios en las precipitaciones: zonas que se desertifiquen y zonas que se vuelvan más lluviosas. Lejos de ser simple y lineal, se trata de un tema complejo. De hecho, en la Antártida hay lugares donde están disminuyendo muy rápidamente los hielos y hay zonas donde está nevando más. La gente piensa que es una contradicción, pero no lo es. La Antártida es un desierto por definición, por la cantidad de nieve que tiene. Y si aumenta la precipitación de nieve es !
un indicador de cambio.

-En caso de que la temperatura aumente 6 grados, ¿qué consecuencias podría haber?
-A partir de los dos grados y medio sobre la temperatura actual, que ya aumentó un grado, empezarían procesos de crisis social por la escasez de agua, se producirían nuevas enfermedades y extinciones masivas de especies. Hay animales de montaña que no podrían subir más en busca de menores temperaturas. Otro de los problemas es la velocidad del cambio. Un bosque puede migrar, siempre y cuando el cambio sea paulatino. Por otra parte, el consumo de petróleo no es el único problema. En el mundo, el aporte de América Latina a la contaminación por procesos industriales es mínimo. Estados Unidos, México y Canadá emiten cinco mil millones de toneladas de CO2 por año por procesos industriales, mientras que América Latina emite 500, según cifras del Banco Mundial de los ’90. Pero por cambio en el uso de suelos América Latina emite 1.700 millones de toneladas de anhídrido carbónico por año. O sea que los datos son comparables con los de los procesos industriales.

-¿Por el uso de suelos?
-Sí, por deforestación, agricultura o reforestación mal hecha. Por ejemplo, la plantación de árboles en Entre Ríos y en Uruguay contribuye al cambio climático, además de eliminar las reservas de agua y arruinar los suelos. Este es uno de los impactos de los que no se habla en el caso de las papeleras. La forestación con plantas que no son autóctonas genera problemas en las napas de agua, en la disponibilidad de agua, arruina los suelos en un plazo 15 o 20 años, y además produce calentamiento. Uruguay no es zona boscosa ni de eucaliptus.

-¿Los pinos que se plantan en Argentina, en Entre Ríos, también son para abastecer a las papeleras?
-Sí, y se están perdiendo tierras ganaderas. Son plantas que además cambian la reflexión de la radiación solar, generando calentamiento. He escuchado decir que en Uruguay está todo forestado y eso purifica el aire. Es un mito. Una cosa es no talar un árbol en un bosque y otra cosa es plantar árboles donde no había. A principios de este año salió un trabajo en Nature que confirma el efecto negativo de la forestación en zonas donde no había bosques.

-¿Leyó los informes de impacto ambiental del Banco Mundial sobre las papeleras?
-Leí el original del Banco Mundial. Nosotros dependemos de los datos que dio la empresa que hizo el informe. Lo revisamos desde el punto de vista atmosférico y tenía falencias: el análisis químico de la atmósfera no partió de un modelo adecuado. No tuvieron en cuenta distintas situaciones meteorológicas. Tomaron la situación media, que en realidad nunca ocurre. Nosotros hicimos algunos cálculos y las sustancias que generan mal olor pueden bajo algunas condiciones meteorológicas quedar en el terreno de la planta y en otras condiciones llegar a 20 kilómetros. El mal olor es inevitable en ese tipo de plantas.

-¿Qué opina del fenómeno actual de la soja en la Argentina?
-Es peligroso, porque hay monocultivo en muchas regiones del país y abandono de cultivos tradicionales que generan trabajo. En la zona de Entre Ríos se han eliminado los cítricos por la soja. Al ser extensiva, la soja es una actividad que no necesita mucha mano de obra y eso expulsa gente del sistema económico. La soja puede realimentar el suelo en algunos nutrientes, pero otros los absorbe y elimina rápidamente. Es decir, la soja tal como se plantea en la Argentina como cultivo extensivo y masivo es peligrosa.

-¿Desde el punto de vista ambiental produce algún tipo de perjuicio?
-Sí, porque se la está plantando en zonas marginales. Según un informe del CIOMTA (Universidad Católica de Santa Fe/Italia), en Formosa y Corrientes se ha perdido en 15 años el 50% de los bosques nativos, por el avance de la frontera agropecuaria. En el suelo que se desnuda para hacer agricultura en la zona tropical, la temperatura del área desmontada en relación a la temperatura del bosque es seis grados superior, por el hecho de haber sido desmontado. Entonces aparecen enfermedades tropicales hasta ese momento desconocidas y se modifica la circulación del vapor de agua. Desde el punto de vista económico implica un poco de ceguera. Se tendría que pensar qué actividades propias de la región pueden generar trabajo y divisas.

-¿Se está haciendo algo en el mundo para cambiar la tendencia al calentamiento global?
-En cuanto a cambios de costumbres y tecnológicos, aunque parezca mentira, el país que más está trabajando en hacer sistemas eficientes desde el punto de vista energético y térmico es Estados Unidos.

-¿Y por qué Estados Unidos no firma el protocolo de Kyoto?
-Por una cuestión de interés del Gobierno y el empresariado. Hay como una especie de esquizofrenia. A la industria le interesa más la búsqueda de la eficiencia en el manejo del recurso que reducir el consumo. Quieren mantener el nivel de vida sin aumentar el consumo. La Audubon Society, la sociedad ambientalista más grande y antigua de Estados Unidos, planteaba en el ‘93 que si el mundo, por ejemplo China o la India, pretendieran el mismo nivel de vida para sus ciudadanos que el que tiene actualmente Estados Unidos, en veinte años vamos al desastre total, y de hecho en parte es lo que está pasando.

-¿Respecto del calentamiento global, hay estudios sobre qué influencia tendría el aumento de temperaturas en el ascenso en el nivel de los mares?
-Sí, hay diversos trabajos. Los estudios indican para el 2100 un ascenso de entre un mínimo de 80 centímetros y un máximo de 9 metros. Es un rango muy amplio. La realidad va a depender de cómo se den los cambios en la región polar y en la circulación oceánica. Para mí es más preocupante el calentamiento de los océanos que el calentamiento que ya se ha observado en la atmósfera, porque la cantidad de energía allí es muchísimo mayor.

-¿Se ha observado calentamiento en los océanos?
-Sí, de hecho en la octava conferencia de Meteorología y Oceanografía del Hemisferio Sur que organizó la American Meteorological Society, el doctor Trenberth, de Estados Unidos, nos explicaba que probablemente el cambio climático y el incremento de la temperatura del mar impacten un 7% en el incremento de la ocurrencia de huracanes en el Atlántico Norte, es decir que va a haber más huracanes o van a ser más intensos.

-¿Sería complicado cambiar esa tendencia?
-El cambio requiere una fuerte base de conocimiento, de investigación científica y tecnológica y requiere un cambio en los paradigmas del desarrollo. Muchas veces tenemos un gran desarrollo económico, pero no logramos bienestar para nuestros pueblos. El tema es si seguimos con los actuales esquemas o buscamos modelos quizá no tan fulgurantes, pero sí de calidad de vida, calidad ambiental y preservación de los recursos.

-¿Es lo que hoy se conoce como “desarrollo sustentable”?
-Nosotros preferimos hablar de desarrollo sustentable e integral: que se respete tanto la persona humana como la naturaleza, que aparentemente están en conflicto. Países como el nuestro, que está semidestruido, necesitan aprovechar la ocasión y los recursos de la mejor manera posible. Desde el punto de vista científico, los modelos económicos tienen fallas, en la medida en que no contemplan todos los procesos involucrados en la ecuación económica. El costo de los recursos como el agua, el aire y ciertos aspectos del factor humano, no son tenidos en cuenta. En la ecuación económica, si yo tomara en cuenta los gastos naturales, ¿será rentable una empresa? Tenemos recursos, sepamos cómo utilizarlos bien y dejar una buena base de reserva. No somos los últimos en el planeta, aunque a veces nos comportamos como si lo fuéramos.

-En la Argentina los mecanismos de control ambiental no parecen funcionar.
-Quizá lo que primero tengamos que hacer socialmente es trabajar para educar a la clase dirigente, y por clase dirigente entiendo a todos, no solamente a los políticos, sino también al empresariado, los representantes sociales y los sectores religiosos de todos los credos.

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