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Escritos póstumos de Jorge Luis Acha

Un libro póstumo que es, al mismo tiempo, una ópera prima. Un prólogo de 101 páginas que ocupa casi la mitad del libro. Y un autor inquietísimo -pintor, educador, cineasta y guionista-que nunca fue considerado un escritor.

El primer volumen de Escritos póstumos de Jorge Luis Acha es, de verdad, (y no sólo por todo lo dicho anteriormente) una rara avis, una rareza dentro de lo curioso, una publicación tan extraña como necesaria. También lo serán, sin lugar a dudas, los dos tomos restantes --el segundo que aparecerá en noviembre de este año, y el tercero, cuya publicación está prevista para el año que viene--.

Jorge Luis Acha es, acaso, una personalidad poco conocida, un secreto demasiado bien guardado. Pero, justamente, esa condición es la que lo vuelve ejemplo indiscutible de lo que significa la profundidad de la cultura argentina, que no se limita a para nada a los tres o cuatro nombres más mentados, más sobresalientes de cada generación.

Realizador de varios cortometrajes como Impasse (1969) y Producciones Arena (1976), y tres largos con temáticas muy diversas pero exponentes todos de un potencial político enorme --Hábeas corpus (1986), Standard (1989) y Mburucuyá (1992)-la obra cinematográfica de Acha no tuvo distribución comercial salvo por alguna retrospectiva en la Lugones y la edición del BAFICI del 2006 que también supo ver su cine para darlo a conocer al público.

Para muchos, sin embargo, la disciplina en la que más se destacó fue la pintura, en la que trabajó casi con exclusividad las acuarelas, con una amplitud enorme que podía ir desde atmósferas tumultuosas y asfixiantes hasta horizontes cálidos y esperanzadores que solían tener al mar como gran foco de atención --cabe destacar que Jorge Luis nació y murió a los cincuenta años en Miramar--. El propio Acha contó en algunas entrevistas que, justamente, lo que le costó de esa transición de la pintura al mundo del cine fue la interacción con la gran cantidad de personas que participan en el séptimo arte: "Cuando venís de la pintura crees que te las sabes todas porque estás solo; como director, en cambio, te das cuenta de que, por ahí, tenés las mismas ideas pero ahora en lugar de pomos hay personas, y las personas se enojan".





Fuente: Télam

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