El Santo Padre comenzó su homilía recordando un relato del escritor ruso Tolstoi, en el que un simple pastor explica a un rey lo que los sacerdotes y los sabios no lograban. El soberano, que quería ver a Dios, escucha sorprendido al pastor que le explica que sus ojos no son suficientes para verlo. Ante el anhelo de conocer al menos qué hace Dios, el pastor le dice que para poderle responder era necesario que se intercambiaran las vestiduras. Por lo que el rey se vistió pobremente y el humilde pastor de rey: “Esto es lo que hace Dios”.
Durante la celebración de esta mañana, el Santo Padre, como obispo de Roma al igual que lo hacen todos los obispos diocesanos del mundo, bendijo los óleos, que como el aire, el agua y la luz, pertenecen a esa realidad elemental del cosmos que mejor expresa los dones de Dios creador, redentor y santificador. El óleo es una sustancia terapéutica y aromática cuya naturaleza asume un simbolismo bíblico-litúrgico de gran valor para expresar la unción del Espíritu que sana, ilumina, conforta, y consagra de dones a todo el cuerpo de la Iglesia.
La bendición del crisma da el nombre de Misa crismal a la liturgia que se celebra el Jueves santo. El rito de la bendición de los óleos, inserto en la celebración eucarística, tras la homilía y la renovación de la promesa sacerdotal, pone de relieve también el misterio de la Iglesia como sacramento global del Cristo que santifica cada realidad y situación de la vida.
Por este motivo, junto al crisma, se bendicen los óleos de los catecúmenos, que luchan por vencer el espíritu del mal en vista del compromiso del Bautismo, y el óleo de los enfermos, para la unción sacramental. De este modo, el óleo cubre a todos los miembros de la Iglesia, desde sus orígenes hasta el final, expandiendo así por el mundo, “el buen olor” de Cristo. +


