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Lunes 24 de Agosto de 2026
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La profundización de la crisis incrementa el conflicto en la Unión Europea

La crisis económica en Europa continúa su marcha y ha cumplido ya seis meses consecutivos en recesión en la Eurozona, lo que deriva en una creciente crisis política y en choques entre Alemania y el resto de la socios de la Unión Europea (UE).
Con un Producto Bruto Interno (PBI) en proceso de achicamiento permanente, el consumo se sigue contrayendo, en tanto que el desempleo en la Eurozona ha trepado hasta un promedio del 12%, con tasas del 27% en Grecia y del 25% en España.

El discurso unificado de los líderes europeos reunidos el pasado miércoles en Brusela para discutir temas energéticos y fiscales ya no convence a nadie.

La idea que se intenta extender desde los círculos dirigentes en el sentido de que lo peor de la crisis ha pasado, incluyendo la situación de la gran banca, choca de frente con las frías cifras sobre la situación económica y social y aleja a los ciudadanos de sus gobiernos y de la Comisión Europea (CE), órgano ejecutivo de la UE.

Las políticas de austeridad a ultranza, con recortes fiscales de gran calado en las naciones del Sur de Europa, han provocado esta caída en la recesión de la Eurozona, pero sin conseguir, paradójicamente, reducir las deudas empresarias, estatales y de los hogares, que continúan en niveles muy elevados.

La relativa calma introducida en la última parte de 2012 por el titular del Banco Central Europeo (BCE), Mario Draghi, al manifestar que la entidad haría "lo que tuviera que hacer) para defender al euro, no ha servido más que para eso.

Este reaseguro a los mercados, es decir, a la especulación con acciones y títulos públicos por parte de la gran banca, calmó efectivamente al poder financiero, pero no ha logrado ninguna solución de fondo, tal como lo muestra el deterioro imparable de la economía.

Mientras la Reserva Federal de Estados Unidos debate si debe continuar con la flexibilización monetaria al mismo ritmo de compra de bonos del Tesoro o si debe reducir esas adquisiciones e, incluso, algunos de sus miembros favorece una subida de tasas de interés, el bajo coste del dinero en Europa no resuelve nada.

El liderazgo alemán de la Unión Europea, que ningún socio discute, buscará reforzarse en las elecciones legislativas de septiembre próximo y, hasta ese momento, el resto de los gobiernos europeos no hará olas que puedan disgustar a la canciller Angela Merkel.

Ni siquiera el presidente francés, Francois Hollande, se ha atrevido a ir más allá de una tibia advertencia sobre la necesidad de "movimientos" en la UE, so pena de poner en cuestión el futuro del euro como moneda única.

La situación de Hollande cuya popularidad se ha hundido hasta el 24%, un guarismo nunca visto en la historia de la Va. República Francesa desde su instauración en 1958, expresa mejor que la de ningún otro mandatario europeo la crisis política que se está gestando en toda Europa.

La presión de Berlín para que Hollande aplique ajustes fiscales extraordinarios "a la griega, española o portuguesa" en medio de una crisis industrial que hunde el empleo y congela la economía, no resulta viable en Francia.

Diversos analistas señalan, con justeza, que una "troika" (FMI, BCE y UE) para imponer y supervisar un plan de estabilización en Francia provocaría un estallido social y político en el segundo país de la UE, y eso sólo en el caso de que París lo aceptara.

A pesar de varios conatos de ataque "de los mercados" contra Francia en los últimos dos años, este no se ha producido, lo cual otorga un plazo mayor al gobierno de Hollande para producir cambios en su política económica interna y forzar modificaciones en el esquema alemán de la UE.

La falta de respuesta de Merkel a los reclamos franceses está indicando que su mirada hoy está puesta casi exclusivamente en las elecciones de septiembre, aunque también podría estar diciendo que la influencia gala está perdiendo cada vez más terreno.

Pero en la medida en que el pacto franco-germano es, se quiera o no, el pivote de la unidad europea y de la Eurozona, un naufragio francés significaría también el del proyecto unitario en su conjunto.

Visto en perspectiva, el futuro de Europa aparece sombrío pues en el mejor de los casos un viraje a fondo de la actual política ortodoxa a ultranza tardaría tiempo en producir efectos positivos y, de no haber esas modificaciones, el euro camina hacia una ruptura inexorable.

Las advertencias sobre estallidos sociales en Italia, España e incluso Francia, lanzados desde círculos gubernamentales de esos países, hablan a las claras de una potencial situación que los sectores más lúcidos de las clases dirigentes quieren evitar.

Fuente: Télam

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