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Por Inés Bollada de Gerván

Autocrítica de los padres de familia

Tenemos del deber moral e histórico de ocuparnos y preocuparnos por los jóvenes y toda su circunstancia, ellos están sujetos al mercado de consumo y presionados por todos los medios que trastrocan los principios éticos y morales heredados de nuestros abuelos.
Los adultos deberíamos asumir la responsabilidad de formar a nuestros jóvenes y adolescentes, quienes serán los protagonistas que tomarán la posta de conducir el país en el presente siglo. El éxito o el fracaso del futuro del país depende de nosotros los adultos, desde el lugar que nos toque (padres, docentes, catequistas, funcionarios, etc), y tendremos que hacernos cargo, en caso de fracasar, por no haber previsto dedicarle más tiempo y esfuerzo a esta generación, que ocupará cargos de conducción, con niveles de decisión trascendentes para la Nación y serán jueces implacables de la nuestra.
Tenemos del deber moral e histórico de ocuparnos y preocuparnos por los jóvenes y toda su circunstancia, ellos están sujetos al mercado de consumo y presionados por todos los medios (T.V., prensa, cine, literatura, etc.), que trastrocan los principios éticos y morales heredados de nuestros abuelos.
Por ende, es un deber de conciencia ocuparnos de ellos, para suplir las fallas del sistema educativo y asumir la responsabilidad de orientar, formar y aconsejar a los jóvenes respecto a temas como: homosexualidad, droga, ritos satánicos, parapsicólogos, sectas, alcoholismo, ecología, corrupción, sida, prostitución, explotación, abuso, acoso, estupro, pedofilia, depresión, etc. Porque el sistema es obsoleto y no responde a la realidad, no prevé en sus programas instruir y clarificar temas centrales y actuales que hacen al quehacer de los jóvenes. Esta problemática es grave, porque se mide en términos de vida o muerte, elevando los niveles de incertidumbre, angustias, fobias y obsesiones, que resuelven lamentablemente acudiendo a inescrupulosos que lucran con la falta de información y generan la cultura de la muerte: abortos, suicidios, evasión, etc.
>No podemos "lavarnos las manos" como Pilatos, cuando presenciamos a diario la crucifixión de nuestros jóvenes y la inoperancia del sistema a través del gobierno, que sólo atina a tibias soluciones como distribuir masivamente preservativos (que es como apagar un incendio con querosén, porque provocó un incremento de relaciones prematrimoniales), y proyectos de leyes por consenso de control de la natalidad ignorando los métodos aprobados por la Iglesia, y otras que favorecen la prostitución, el travestismo, el lesbianismo, dan luz verde y hacen apología del fenómeno "gay" por los medios, sin que el Estado ejerza el control correspondiente del Estado.
Esta crisis de valores que atravesamos, es un serio "llamado de atención" para los adultos, por lo que debemos poner en práctica con carácter urgente la "paternidad responsable" aconsejada por Juan Pablo II, pedir el auxilio de los dones del Espíritu Santo para discernir como contrarrestar esta crisis de fe y valores que nos atañe a todos y en la cual todos estamos involucrados.
Por ello tenemos el deber inexcusable de transmitir la figura de Cristo como el único camino, verdad y vida, para que los jóvenes tengan las herramientas para armar un proyecto de vida coherente, con contenido moral sustentable, que les permita vislumbrar un futuro promisorio, tener en claro el ideal de vida que anhelan, posibilidades ciertas de llegar a la meta y cumplir sus sueños.
Para ello debemos recordar las Bienaventuranzas del Sermón de la Montaña con que nos ilumina Mateo en la Biblia, porque es el resumen de la moral cristiana y el perfil del hombre con la impronta de Dios, es el ejemplo por seguir del modelo perfecto, para operar en los jóvenes un proceso de transformación que les permita vivir con los criterios de Cristo, el estilo de Cristo y la lógica de Cristo, para sobrellevar la difícil situación de soledad y desamor en que se encuentran.
Las Bienaventuranzas son una inyección de optimismo, una esperanza cierta y el combustible que nos permite avanzar confiados en este duro peregrinar, pero con la certeza de llegar a la verdadera vida llevando de la mano a nuestros niños y adolescentes, para disfrutar el gozo del banquete celestial. De nosotros depende que ese día no haya sillas vacías ni ausencias que nos duelan.

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