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La historia trágica contada por uno de los alpinistas que escaló con Fernando Ossa el Ojos del Salado

El 28 de diciembre a las 13:27 Germán Hansen, Paco Vicario y yo mismo alcanzamos la cumbre del volcán Ojos del Salado a 6893m. Lamento comunicar que la expedición le costó la vida a uno de sus miembros, Fernando Ossa, quien falleció en el campamento 2 del Ojos del Salado a 6350m de altitud la noche del 30 de diciembre. Dado algunas inexactitudes aparecidas en medios de comunicación vascos, adjunto al pie y en adjunto en español una narración detallada de lo ocurrido. De esta manera se cumple y concluye mi proyecto de subir las 6 cumbres más altas de América y, seguramente, mi actividad como andinista amateur. Ángel E. Garrido-Maturano
Luego de varios intentos frustrados por las razones más absurdas decidí, en diciembre del año recientemente expirado, hacer una última prueba en el Cerro Ojos del Salado (6893m, la segunda montaña más alta de América y el volcán más alto del planeta). Contaba, esta vez, con la ventaja de un compañero confiable, Germán Hansen, que ya había dado muestras de su valor y aptitud para encarar montañas de esta índole. Durante el proceso de aclimatación, que se llevó a cabo fundamentalmente en el Campamento de Vialidad Provincial de Catamarca, Argentina, en el paraje Las Grutas, a unos 4000m de altitud, tuvimos la suerte de conocer un grupo de experimentados montañeros españoles de Bilbao, integrado por Francisco Vicario, Fernando Ossa y David Serra. Los dos grupos decidieron unirse y atacar conjuntamente la cumbre del volcán.

El día 24 de diciembre, luego de interminables jornadas a la espera de que los fuertes vientos que castigaban la región desde principios de mes nos diesen, aunque más no fuera, una ventana de buen tiempo, iniciamos el ascenso, con el apoyo solícito y el transporte confiable de Jonson Reynoso, que habitualmente con sus vehículos de tracción integral acerca hasta el campamento base a los montañistas de todo el mundo que llegan a Catamarca a probar suerte en los seis miles más altos. La Nochebuena del 2014 nos encontró en el campamento base a unos 5400m de altitud. El día de Navidad los dos grupos avanzaron tan sólo hasta los 5700m, para no forzar el proceso de adaptación y no someter el cuerpo a fuertes cambios de altitud. El 26 alcanzamos el primer campamento de altura a 5930m. Ese día Fernando y David mostraron un paso más lento que Paco, Germán y yo, pero nada hacía presagiar un desenlace trágico. El 27, luego de ascender por el margen derecho del empinado nevero principal de la vertiente argentina, alcanzamos, en medio de una borrasca de viento de unos 80km por hora, el segundo y último campamento de altura a 6350m. El esfuerzo de allanar, por lo menos parcialmente, el suelo y armar las tiendas en esas condiciones dejó a ambos grupos demasiado extenuados como para si quiera hablar entre los miembros de las distintas carpas. Derretimos nieve para hidratarnos y nos metimos en nuestras bolsas buscando refugio del intenso frío. Al siguiente día se decidiría todo.

El 28 a las 8 de la mañana Germán y yo iniciamos el ascenso a la cumbre. El grupo bilbaíno ya había largado una media hora antes. Alrededor de la las 9 hicimos contacto con Paco y David. Fernando no se había sentido con fuerzas y decidió poco después de salir volver a la tienda. Luego de conversar sobre la ruta posible, optamos por separarnos. Germán y yo tomamos la vía directa para ahorrar distancias. Paco y David prefirieron una ruta un poco más larga, pero menos pendiente. Un tiempo después veo que David, que había mostrado algunos síntomas de debilidad durante todo el ascenso, camina de regreso hacia la tienda en la que ya estaba Fernando. Paco, Germán y yo nos juntamos nuevamente a unos 6800m de altura y a las 13:27 del día 28 de diciembre de 2014 pisamos todos la cumbre del Ojos del Salado.

Entrada la tarde regresamos extenuados a las tiendas y nos encontramos con que David y, sobre todo, Fernando, estaban mal. No soy médico, pero a mi modo de ver Fernando mostraba algunos síntomas coincidentes con un principio de edema pulmonar producido por el mal agudo de montaña, que en estas tierras llamamos Puna o Soroche. El propio Fernando pidió que lo rescatasen en helicóptero, pero los desolados Andes catamarqueños nos son ni los Alpes, ni los Pirineos, ni siquiera el Aconcagua. No hay equipos de rescate pagos ni prontos a entrar en acción; los helicópteros no están cerca y, aquellos de los que se dispone en el lado chileno, más precisamente en la ciudad de Copiapó, no pueden alcanzar alturas tan elevadas. Ya era demasiado tarde y estábamos demasiado cansados para seguir bajando ese día, por lo que se convino que entre los cuatro al día siguiente dividiríamos el equipo de Fernando y lo ayudaríamos a bajar por el complicado nevero hasta por lo menos 5600m. Por teléfono satelital llamamos a Jonson, quien se preparó con oxígeno, medicinas y camilla para enviar esa misma madrugada desde Fiambalá dos camionetas de ayuda y hacerlas subir hasta el límite mismo alcanzable por un vehículo. La noche fue gélida. La mañana siguiente guarda algunas de las imágenes más tristes y desesperantes que me acompañarán durante toda mi vida. El grupo español, viendo que Fernando empeoraba y David mostraba síntomas preocupantes, desmontó temprano el campamento y decidió que David, mientras pudiera, iniciara inmediatamente el descenso. Fernando, ayudado por Paco, caminó unos 70m y se desplomó. Intentamos probar si entre los tres restantes, Germán, el propio Paco y yo, podríamos bajarlo. Pero la idea misma de que tres personas agotadas carguen un cuerpo de 90 kilos por una pendiente de cerca de 45 grados a más de 6000m de altura era un desatino. Lo comprendimos inmediatamente. Sin poder bajarlo, metimos a Fernando en la bolsa de dormir de Germán y lo arrastramos a duras penas unos 100m hasta poder ingresarlo en mi carpa, la única que había quedado en pie. Fernando gemía amargamente. Tenía el rostro lívido, fuertes dolores en el pecho, chuchos de frío en hombros y cabeza y de repente empezó a no reconocernos. Por satelital Paco se comunicó con su padre en España para iniciar el pedido de ayuda. Germán hizo lo propio con su hermano, que corre el Rally Dakar y tiene alguna experiencia en estas cuestiones. Yo frotaba los hombros y cabeza de Fernando quien seguía quejándose del frío. Se decidió que Paco se quedase acompañando a Fernando y que Germán y yo bajemos para activar el rescate. Les dejamos la tienda, la comida y el agua que teníamos y apuramos el regreso. Durante el descenso alcanzamos a David. Cuando llegué a unos 5500m estaba Jonson listo con las camionetas y el equipo médico, pero por desgracia no había manera ni de que la gente de las camionetas (lógicamente sin adaptar) ni nosotros (físicamente hechos polvo) volviésemos a emprender un ascenso de más de 800m con un tubo de oxígeno, ni de que Fernando bajara hasta 5500m. Sin poder hacer nada en el lugar, salimos para Fiambalá, donde llegamos a las 20 horas del 29 de diciembre. Inmediatamente se iniciaron todos los procedimientos de rescate posibles con los exiguos medios con los que cuenta la región, coordinados por Defensa Civil y Gendarmería Nacional. Además, desde España, la familia de Paco y el seguro del que disponían los montañeros bilbaínos realizaban intensos esfuerzos para concretar el rescate. Pero los helicópteros de la región, tanto del lado argentino como chileno, tenían un techo inferior a 6000m. El 30 se envió un nuevo helicóptero presurizado desde Viña del Mar que, aparentemente, sobrevoló la tienda, pero, por razones climáticas, no pudo aterrizar. El 31 por la mañana el helicóptero hizo un nuevo intento con el mismo resultado. Mientras tanto equipos terrestres iniciaron la búsqueda tanto del lado argentino como del chileno.

Paco Vicario descendió solo y por sus propios medios. Este montanista quiere expresarle su admiración por la lealtad con su compañero y por el valor de afrontar en soledad la desgracia. Fernando Ossa murió la noche del 30 de diciembre en las laderas de la vertiente argentina del Ojos del Salado. Dios lo tenga en su gloria.

Ángel E. Garrido-Maturano

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