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Personajes

En la Esquina de los Oradores

Aquí, en Catamarca, faldeando el cerro, casi al final de la calle Fray Luis Beltran de San Antonio, en una modesta morada de construcción colonial, hace 27 años que vive Yvone Brand. Hija de escoceses, venidos de aquel país hace mas de un siglo, para instalarse en San José, un inhóspito pueblo por aquel entonces, del departamento Tinogasta. Y alguien difundió que aquella mujer había estado en la segunda guerra mundial, y otro pensó que sería bueno conocerla.
Ivon Brand en su casa de San Antonio
Aquí, en Catamarca, faldeando el cerro, casi al final de la calle Fray Luis Beltran de San Antonio, en una modesta morada de construcción colonial, hace 27 años que vive Yvone Brand. Hija de escoceses, venidos de aquel país hace mas de un siglo, para instalarse en San José, un inhóspito pueblo por aquel entonces, del departamento Tinogasta. Y alguien difundió que aquella mujer había estado en la segunda guerra mundial, y otro pensó que sería bueno conocerla.

El acuerdo fue hablar sobre la segunda guerra mundial, de la que participó como voluntaria en las filas inglesas, o como transcurrieron los días  en“El Molino”, San José, la finca a la que sus padres le dedicaran la vida. Ella, como hija directa de escoceses siguió la tradición familiar de educarse en Inglaterra, Londres, pese a vivir en la Argentina. Por ese entonces Yvone contaba  14 años y la guerra era tan inexorable como su partida. Su destino era el sur de Inglaterra, sobre El Canal de la Mancha, que fue donde cursó sus segundos estudios y vivió las experiencias primeras de la guerra en los simulacros previos al desastre, porque Londres era uno de los objetivos alemanes. La madre también había estudiado en Inglaterra y la familia entera, mientras pudiese, seguiría la costumbre. Pero además, otra usanza europea es servir en la guerra a su país, por lo que  su padre, hijo de escoceses - quien se alistó en la primera guerra en el 14-, estaba totalmente de acuerdo con que Yvone fuera parte de la segunda, que pronto estallaría.

Cerca de las once de la mañana, después de oír el batir de palmas, la mujer abre una de las dos hojas que tiene la puerta del frente de la casa. De un lado del jardín se impone una lagoestrimia de color fucsia que luce como un centinela del lugar. Antes que la dueña de casa, tres chocos acuden al portón de la verja que está cubierta por una enredadera, y se alborotan al mismo tiempo que su ama intenta callarlos; y apagando los últimos ladridos, ella se acerca. Mediana estatura, erguida, de ojos pardos, cabellos cortos y grises sujetados con una vincha, -que no la dejan mentir sus 77-,  facciones delicadas y cutis bien conservado; la voz fisurada por el asma, pero de un tono cordial.

Entró ella primero, disculpándose de los perros que, confesaba, eran muy mal educados. Se arrellanaron en sillones enfrentados, ubicados a ambos lados de la puerta principal de la sala. La mujer examinó a su alrededor y detectó el encierro del ambiente. Corrió entonces las cortinas y abrió las ventiluces que estaban de espaldas a ellos y se sentó nuevamente cruzando las piernas sin mirar a su interlocutor.  El sol y el aire de la mañana veraniega comenzaron a sofocar. Exhaló con un ademán de hastío, y tal como lo había convenido, habló de su vivencia en la guerra del 42.

“El sajón inculca independencia, tiene otra concepción de la familia, ni si quiera mi hija comprende la actitud de mi padre, es muy distinto al latino, que es apegado. Son culturas diferentes” ¿Comprende? Él asintió con la cabeza.“Como mi padre estuvo en la primera guerra mundial, mi tío en Sudáfrica contra los Boers, pero además, como en Europa es una sana costumbre defender al propio país, fue que me embarqué hacia allá”

Al norte de Inglaterra, en una horrible ciudad fabril; las chimeneas vomitaban humo negro, el frío era insoportable y las convulsiones de la guerra empezaban a sentirse.“La primera vivencia fue apenas llegué al territorio londinense; la dueña de la pensión nos estaba explicando a donde debíamos ir por la comida, cómo nos teníamos que mover, etc. cuando de pronto todo el mundo entró en pánico, menos ella, que sonreía levemente. Se oía pero no se veía nada; era el ruido de un motor que sobrevolaba la ciudad. Las gentes atinaban a esconder sus cuerpos bajo alguna mesa o algo que les sirviera de refugio; enteramente aterrorizadas hasta que el ruido desaparecía como si fuera de paso. En ese momento la mujer risueña prosiguió explicando que se trataba del B1, un misil dirigible alemán, cuyo motor se apagaba antes de hacer blanco. Si el cohete se silenciaba antes de Londres, era éste su destino, y sino le tocaba a otro sitio lindante, todo se podía deducir por el ruido, al que pronto nos familiarizamos”

El relato se sucedía con alguna ilustración onomatopéyica cuando hablaba de los misiles; y de a ratos una mirada nostálgica se apoderaba de ella.

“Una vez llegados a Liverpool, un puerto de Inglaterra, nos dieron las vacunas de todo tipo para contrarrestar cualquier enfermedad y el número de clave para la correspondencia e identificación, eran señal que debíamos partir. El destino podía ser Medio Oriente. Solo lo sabríamos en alta mar, por seguridad.

Por aquella época  Egipto estaba bajo el mando Británico que duró 99 años y que ya se habían cumplido, pero por la guerra, se extendió. Nosotras fuimos a El Cairo sobre el Canal de Suez que era el contacto con la India. Allí me ocupé en contaduría y después en comunicaciones. Por ese mismo tiempo, me entero que mi padre enferma de un accidente cerebro vascular y las cosas a mi madre se le complican al punto que pide por mi.  Pero a la guerra es más fácil entrar que salir”

Pasaron treinta minutos, la mujer había hablado sin cesar. El la escuchaba con ojos límpidos, como los de un niño y al tiempo sentía que le inspiraba gran respeto. Los recuerdos la envolvían, y tornaba la mirada con añoranzas de otro país. Poco a poco, casi imperceptiblemente la mujer cambió el tema de la conversación. Le contó que la literatura era su pasión, algo asi como una droga, que su madre pertenecía al círculo literario de Inglaterra y que ella nunca leyó un libro dos veces de los 1670 que tiene en su biblioteca (todos en Inglés),. pero confesó que ahora rescató algunos y los puso sobre la mesa de luz para releerlos. Habló de las bibliotecas que existían en el país de su madre en donde semanalmente un carro recorría los lugares más remotos para que nunca faltara la lectura y  lamentó su desdicha de  no  haber conocido las ruinas del Machu Pichu. A él estas últimas palabras le sonaron fatigadas o como una sentencia y al instante repuso que nunca es tarde, pero ella protestó que“la vejez ya estaba en su cuerpo”

Se hizo una pausa e Yvone se perdió por una puerta que conectaba a otro ambiente de la casa  y al instante volvió con una niña en sus brazos que la presentó al joven como Belén, su nieta. Parecía enternecida y él percibió ese sentimiento  y pensó en preguntarle a cerca de su vida afectiva, pero enseguida desistió.

Los recuerdos seguían fluyendo a la memoria de la anciana, que esta vez le relató a cerca de una tía que criaba gatos, y que había rescatado cuarenta de las calles de Rosario, y juntos echaron una carcajada.

Pero volvieron a hablar de la guerra y sus circunstancias. Recordó como sus compañeras enloquecían por el dulce de leche argentino que llegaba en avíos desde el otro lado del mar. Ella en cambio se desvivía por el mate que sus camaradas despreciaban por considerarlo“una práctica primitiva y poco higiénica”

Las pinturas de Molina Campos.

Como en  cualquier conflicto las cosas marchan al compás del dinero y las voluntarios perciben un estipendio que generalmente, y sin otra alternativa, se destina a la distensión en los días de franco.“Los jueves eran días de pago, pero enseguida ya no había ni una“piastra”(moneda egipcia) para la comida, que consistía en naranjas y maníes, porque el primer fin que tenía el dinero era retirar los uniformes de las casas de empeño. El mercado de las Pulgas era una serie de callejones en donde se vendía de todo, perfumes, alfombras, etc. pero todo por separado, donde había alfombras no había perfumes, donde comida, no se hallaba alhajas, y nosotras íbamos allí a comprar naranjas y maníes”

En los momentos de esparcimientos que tenían, las voluntarias iban a un club en

Londres propiedad de un miembro de la guardia real de Inglaterra. Puesto que era ilegítimo para el que prestaba tal servicio poseer bienes de este tipo, este propietario ocultó el local de manera muy particular.

“Era un garaje que tenía en la puerta un Dragón Verde con una cola larga que la levantaba cuando se le tocaba el ojo izquierdo. Entonces se habilitaba la entrada al club que bajaba hasta un sótano donde se levantaba un salón con una cantina que albergaba a marinos, voluntarios y soldados de la guerra” Ella se abochorna y pide que no se incluyan estos comentarios y otros detalles de apostilla y añade:“ y no se cómo pero en ese club había colgados cuadros de Molina Campos, (plástico argentino, reconocido caricaturista que vivió entre 1890 y 1954), que curiosamente llegaron hasta allá”

Pero la guerra no tiene ojos ni corazón, por lo que no mira belleza ni siente admiración por las cosas bellas con que suele regocijarse el hombre.  “Otro sitio pintoresco de Inglaterra, es la esquina de los oradores, donde cualquier habitante de Londres lleva su“cajoncito de jabón”o algo así, y subido en él pronuncia con fervor un discurso, el que más le plazca, llámese socialismo, comunismo, protestante, católico, etc Y  una multitud se convoca en semicírculo para escucharse unos a otros, mientras dos policías se pasean en sentido contrario alrededor del gentío para evitar riñas. Esto ocurría todos los domingos a las nueve y media de la mañana, en Inglaterra son muy puntuales. Una mañana cuando dejaba el subte, subiendo por las escaleras, nos sorprendió un bombardeo. Londres estaba calamitosa, las veredas llenas de vidrios, la gente que corría hacia todas partes, los gritos ensordecían la ciudad y en la esquina de los oradores un misil produjo un gran cráter que dejó árboles caídos a su alrededor. Pronto pasó el pánico y cuando dieron las nueve y media de la mañana de ese domingo, la gente se aglutinó como siempre y alguien subido a un tronco derribado en el ataque, comenzó su discurso”

Ya en el fondo de la casa, rodeada de alegrías, helechos, orquídeas y otras cientos de plantas, que dice  son“su terapia”y le pintan a multicolor el jardín, muestra un álbum bien conservado donde guarda el recuerdo de la guerra; dos cartones-piedras que cuelgan de un hilo trenzado con el número de identidad que le dieran antes de salir de Londres hacia El Cairo sobre la mesa: W306-652 BRAND Y.A; y una libreta sellada en la primera hoja que dice DISCHARGED, que significa de baja, en el idioma inglés.

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