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Entrevista

Convivir con el Cáncer

Con 35 años dedicados a investigar el cáncer en la Argentina y grandes distinciones en su haber, la doctora Elisa Bal de Kier Joffé dice que su mayor satisfacción es haber formado más de 30 buenos discípulos. Cuenta cómo fue empezar de la mano de la legendaria investigadora Eugenia Sacerdote de Lustig, los desafíos que enfrenta en el Instituto de Oncología “Ángel Roffo” y qué caminos hay en la lucha contra el cáncer.

(03/03/06 - CyTA-Instituto Leloir, por Florencia Mangiapane)

--¿Cuál es hoy su principal línea de trabajo?
--Trabajamos en la progresión maligna, el comportamiento más invasivo y metastásico que adquieren los tumores en su evolución. En los últimos veinte años estudié los patrones de comportamiento que hacen que una célula tumoral adquiera o tenga esa propiedad. Trabajamos con modelos experimentales de tumores que aparecieron espontáneamente en ratones y que se mantienen por trasplante de ratón a ratón, dando metástasis o no. Tenemos un panel de distintos tipos celulares en cultivos de tejidos y podemos ver qué pasa en el animal. Estudiamos comportamiento, migración, invasión, producción de distintas moléculas. Ahora también transformamos esas células por técnicas de ingeniería genética para ver cambios en el comportamiento celular.

-¿Qué tipos de cáncer estudian?
--Tumores de mama de ratón, pero también cáncer de pulmón, y hemos hecho trabajos con células humanas.

-¿Está investigando también algún tema aplicable a la clínica?
--Sí, hicimos estudios en material humano para tratar de identificar nuevos marcadores, por ejemplo las metaloproteasas 9 circulantes. Fuimos estudiando los niveles de esta enzima en pacientes con cáncer de mama, a los que se les tomó sangre antes y después de ser operados, durante un año.

--¿Y a qué conclusiones llegaron?
--Los pacientes que portan un tumor tienen niveles más elevados de esa enzima. Un nivel elevado antes de operarse es un indicador de mal pronóstico; después de operarse los niveles bajan, y si vuelven a elevarse ese paciente tiene o va a tener una metástasis. Fueron resultados bastante interesantes que todavía no hemos traspasado a la clínica.

--¿Por qué cree que surgen dificultades para el traspaso a la clínica?
--Porque no es tan fácil. Hay que tener mucho know-how, y buscar los modos de interesar a la industria.

--¿Este marcador que identificaron se podría usar para la detección precoz del cáncer de mama?
--No, pero sirve para el seguimiento y el pronóstico. Por ejemplo, si a un paciente esta medición le da muy elevada, aunque no tenga indicadores para hacerle quimioterapia, convendría hacérsela de todos modos, porque su pronóstico no parece ser bueno.

-¿Qué significó para usted dar sus primeros pasos en la investigación de la mano de la doctora Eugenia Sacerdote de Lustig?
-Siempre me interesaron más los aspectos básicos que la atención de pacientes. Cuando terminé la carrera, conversé con un profesor que me orientó y me hizo conocer a la doctora Lustig, y me presenté a beca del CONICET bajo su dirección. Hice toda mi formación con ella, que es una persona muy inteligente, muy creativa, nada controladora. Si bien siempre quiere saber lo que uno está haciendo -a pesar de sus 95 años sigue haciéndolo- siempre fue una persona que dio libertad.

-¿Quién eligió el tema de la tesis?
--Ella. Yo no sabía qué era la investigación. La doctora Lustig estaba muy interesada en las interacciones entre el tejido epitelial y el tejido mesenquimático o estromal, tema hoy de punta en la biología del cáncer. Siempre fue de avanzada, de ideas muy originales.

--Ahí se vinculó con el tema de los tumores malignos.
--Sí, y siempre trabajé en oncología. Aprendí mucho incluso de pares míos, que habían hecho la carrera de Biología, que estaban más preparados para hacer investigación. La carrera de Medicina tiene un perfil muy poco científico, un perfil más técnico.

--¿Y cómo ve al investigador joven, comparándolo con su propia experiencia?
--En nuestro tiempo había más compromiso con la tarea. Uno se ponía la camiseta del Roffo, y era del Roffo. Ahora los jóvenes tienen una postura más individualista. Si bien colaboran y participan, cada uno quiere resolver su propio problema, y si contribuye a resolver el problema general, bárbaro. Pero si no, siempre se opta por lo individual.

--Quizás ustedes veían otros horizontes que los jóvenes hoy en día no pueden avizorar.
--Seguro. Pero cuando empecé como becaria ganaba 50 dólares por mes, muchísimo menos de lo que ganan ahora. Y muchísimo tiempo podría haber trabajado gratis. Hoy sigo sintiendo que no me importa el sueldo. Le voy a poner la misma dedicación a mi trabajo, gane lo que gane. Y no es lo que aprecio en los jóvenes.

--¿Y los investigadores superiores, también cambiaron?
--Sí, estamos más desgastados que la generación de la doctora Lustig. El mundo se globalizó. Pero esta época también tiene cosas maravillosas, como Internet o el Skype. La rapidez... Mandar un trabajo a algún lado online... Cuando empecé ni siquiera había computadoras. Ahora tengo mis “techie-boys o guys”, que por ahí vienen a ayudarme.

--¿A lo largo de su carrera, cuáles son las principales dificultades que enfrentó?
--Al principio era difícil conseguir un subsidio. En los últimos años hay bastantes más fuentes de fondos para los investigadores. En lo personal, tuve que aprender muchas cosas que no sabía. Debo haber cometido muchos errores y pérdidas de tiempo.

--¿Y qué satisfacciones le dio la carrera de investigadora?
--En el Roffo uno de mis logros es haber hecho que el Área de Investigación se integre, que venga mucha gente joven, que pueda funcionar, y espero que también lo haga cuando me tenga que jubilar. Creo que mi principal función en la ciencia es que formé algunas personas de mucho valor. La ciencia tiene una continuidad y no importa tanto lo que pueda aportar uno concretamente. Ser un buen maestro es sembrar algo muy importante. Y estoy orgullosa de bastantes personas que hicieron su tesis conmigo, que dirigen sus propios laboratorios y van a hacer aportes importantes o van a formar buena gente que finalmente los va a hacer. Eso es lo más positivo en mi caso, ser un buen maestro, más que la labor personal.

--¿Qué le transmite a sus discípulos?
--Que hay que ser serio, hacer buenos análisis de los datos. Importa no tanto que sean trabajos muy sofisticados los que uno realice, sino que el aporte sea lo más serio posible.

--¿Alguna vez la tentaron para irse al exterior?
--Hice toda mi carrera en la Argentina. De entrada, por mi situación familiar y personal, sabía que no me iba a poder ir del país, así que bloqueé esa alternativa.

--¿Qué están investigando actualmente en el área de Terapia Génica del Instituto?
--El grupo del doctor Gerardo Glikin, de la Unidad de Transferencia Génica, está haciendo un tratamiento con terapia génica en perros. Estudian animales espontáneamente enfermos. Les inyectan células capaces de activar una droga que sólo es efectiva donde encuentra la posibilidad de ser activada, y lo acompañan de otras células, que también logran por transformación con terapia génica.

--¿Es mucho trabajo ser directora de un Área en el Instituto?
--Somos más de cincuenta personas. El Área tiene varios departamentos, becarios doctorales, posdoctorales, investigadores jóvenes que ingresaron a la carrera de investigador, y muchos grupos. Es bastante trabajo. Me gusta, es un desafío importante. Pero mi rol termina siendo en gran parte burocrático, porque uno pierde la “mesada”, los experimentos. Es más un trabajo de organización, de control. Tengo que chequear aspectos hasta como si limpiaron la pileta donde comemos. Y también hago mucha tarea de relaciones humanas entre el personal, que es necesaria.

--¿Tuvo alguna participación en el Atlas de Mortalidad por Cáncer que elaboró el Instituto Roffo?
--No, pero se hizo en el Área de Investigación que dirijo y es la única referencia clara, cuantitativa, de datos sobre mortalidad por cáncer en la Argentina. Se observó que es bastante elevado el cáncer de mama, como en todo país en desarrollo. También el de cérvix, pero más en las provincias del norte, donde hay muy bajo nivel socioeconómico y educativo.

--¿Cuáles son los tipos de cáncer con mayor incidencia?
--Igual que en otros países: cáncer de pulmón, colon y de mama. Depende del sexo, por supuesto. La incidencia es siempre mayor que la mortalidad. Porque muchos cánceres se curan, más o menos el 50%.

--¿Cree que el cáncer todavía es una enfermedad tabú?
--Menos que antes. Ahora los médicos les dicen a los pacientes que tienen cáncer. La gente empezó a entender que hay un porcentaje de enfermos que se cura. En el Roffo hay un grupo de Tratamientos Paliativos y un grupo de Psicología que da apoyo al paciente antes de operarse, que realiza reuniones multifamiliares. Eso era impensado cuando empecé. No se prestaba atención a qué le pasa a la familia. Ahora se trabaja un poco más con la verdad.

--¿El mundo está lejos de producir una vacuna contra el cáncer?
--Hay nuevos enfoques que funcionan. Es una enfermedad muy compleja. No creo que haya una vacuna contra “el” cáncer, ni que se logre nunca, pero van a ir apareciendo tratamientos curativos para distintos tumores. Es muy improbable que aparezca algo preventivo. Sería muy interesante llegar a que las células malignas sean eliminadas antes de que originen un tumor. Pero otra vía interesante es cronificar la enfermedad y poder convivir con ella. Eso se ha logrado en muchas patologías, como diabetes, cardiopatías, enfermedades renales, del colágeno. Con tratamiento el cáncer se mantiene muchos años en remisión, las metástasis se mantienen quiescentes, lo que se llama la etapa de tumor dormido. Hay gente que está trabajando en eso y me parece muy interesante, porque si se logra, se puede convivir como con otras enfermedades y con una buena calidad de vida.

--¿Qué ayuda a que un paciente con cáncer esté mejor?
--No creo en las medicinas alternativas y en los tratamientos no probados, pero sí en el soporte humano, el entorno, la red que se puede formar alrededor del paciente. Incluso creo que la religión puede ayudar mucho a la persona creyente.


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