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Agencia CyTA-Instituto Leloir. Por Florencia Mangiapane

Patas para arriba

Un exhaustivo análisis genético de los insectos, que componen casi la mitad de las especies animales del planeta, cambió el árbol genealógico de estos bichos. Por ejemplo, los escarabajos tienen mucho más que ver con las moscas y las polillas que con insectos sociales como las abejas, y éstas, junto con las avispas y las hormigas, son compañeras genéticas de especies aparentemente tan distantes como las termitas y los pulgones.
(5/1/07 - Agencia CyTA-Instituto Leloir. Por Florencia Mangiapane) – ¿Qué tienen en común la mosca y el escarabajo? Que son insectos. Quién lo dudaría... ¿Pero qué más? Hasta hace muy poco, los científicos hubiesen dicho sin titubear: “Nada más”. Los consideraban, como cualquiera de nosotros a simple vista, parientes bastante lejanos. Pero ahora, la situación cambió, porque tras un exhaustivo análisis genético, un grupo de investigadores de Alemania, Estados Unidos y el Reino Unido descubrió que en realidad son especies íntimamente ligadas entre sí.

El hallazgo, dado a conocer en una edición especial de la revista científica Genome Research, echa por tierra el marco teórico aceptado durante mucho tiempo y obliga a los científicos nada menos que a volver a dibujar el árbol genealógico de los principales grupos de insectos, esto es, casi la mitad de las especies animales que habitan el planeta.

Todo porque el análisis de los 185 genes compartidos por ocho especies diferentes de estos animalitos invertebrados con patas, antenas y el cuerpo dividido, reveló nuevas relaciones entre los “holometábolos”, insectos que nacen como larvas y atraviesan una metamorfosis completa hasta llegar a su forma adulta: abejas, escarabajos, polillas y moscas.

“Parece mentira. Casi la mitad de las especies animales pertenecen a estos cuatro grupos de insectos y, sin embargo, no sabíamos con certeza cómo estaban vinculados entre sí”, comentó el doctor Martin Lercher, jefe de la investigación, en un comunicado de prensa de la Universidad de Bath, una de las instituciones participantes en el estudio.

El juego de las diferencias

El equipo de Lercher logró dilucidar las relaciones evolutivas entre los insectos a partir de los cambios y mutaciones observados en los genes que comparten sus genomas. Según el nuevo análisis, las moscas, los mosquitos y las polillas tienen mucho más que ver con los escarabajos que con otros insectos con los que se los emparentaba hasta hace muy poco sobre la base de su parecido, como las abejas y las avispas.

“El hallazgo es muy coherente si tenemos en cuenta que el poder resolutivo de un análisis por similitudes genéticas es mucho mayor que el estudio de aspectos morfológicos”, señaló el biólogo argentino Leandro Martínez Tosar, doctorando del laboratorio de Biología de la Melina del Instituto Leloir, al ser consultado por Agencia CyTA

Martínez Tosar recordó que la única herramienta disponible para establecer el parentesco evolutivo entre especies diferentes fue durante mucho tiempo la anatomía comparada. Y que lentamente las conclusiones derivadas de este tipo de análisis van siendo puestas bajo la lupa a partir de herramientas más modernas y sofisticadas, que en muchos casos validan los criterios anteriores, pero en otros -como éste- obligan a una revisión del asunto.

¿Qué aporta el análisis genético? “Es una herramienta que permite estudiar los cambios introducidos por las mutaciones y otros mecanismos que generan variabilidad heredable, con un altísimo nivel de detalle”, explica Martínez Tosar.

“Nadie diría a partir de las similitudes morfológicas –continúa- que el chimpancé y el hombre comparten más del 99 por ciento de su acervo genético, y sin embargo es así. A la inversa, un huskie siberiano y un lobo se parecen mucho, cuando en realidad pertenecen a especies diferentes (Canis familiaris y Canis lupus respectivamente), lo que termina vinculando estrechamente al siberiano con un chihuahua.”

Sorpresas te da la vida

El nuevo agrupamiento no sólo acerca los bichos ovalados que inspiraron el nombre del cuarteto de Liverpool, a las mariposas que comen lana de la noche a la mañana, sino que también pone en contacto cercano a especies muy diferentes de “insectos sociales”, es decir insectos que tienen la capacidad de organizarse en colonias para cooperar. Así, abejas, avispas y hormigas resultaron ser compañeras genéticas de especies tan distantes como las termitas y los pulgones.

“El hecho de que los escarabajos no muestren esa tendencia, conocida como eusociabilidad, se había interpretado siempre como un signo de que la característica se desarrolló varias veces de manera independiente a lo largo del tiempo”, expresó Lercher. “En cambio, con lo que sabemos ahora, lo más probable es que la base genética de ese rasgo haya surgido de una sola vez y se haya perdido en el ancestro que tienen en común escarabajos, polillas y moscas”.

Al respecto, Leandro Martínez Tosar opinó: “Es una vuelta de tuerca interesante. Si tenemos en cuenta que rasgos de este tipo pueden llevar millones de años en desarrollarse, resultará mucho más cómodo pensar en que una característica compleja presente en dos especies relacionadas tuvo un origen único en un antecesor común, que pensar que surgió múltiples veces de forma independiente”.

Para Tosar, que estudia proteínas humanas reguladoras de la expresión del genoma en el sistema nervioso central, los mecanismos evolutivos son evidentes en casi todos los fenómenos biológicos.

“Sin ir más lejos, muchas de las proteínas que estudiamos en humanos son compartidas por roedores, ranas y moscas, y suelen derivar de una antecesora común, presente en una especie ancestral que dio origen a las otras”, explica. “La evolución es un marco de referencia esencial y de gran practicidad para nuestro trabajo”, concluye.

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