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Por Roberto F. Bertossi(*)

... tiene una monedita?

Los habitantes de la calle, el peaje social, el salvoconducto callejero..., al fin, una actitud ante la vida...

El encuentro diario entre humillación y disposición a la limosna, entre un indigente y el patrimonio de los no indigentes, todo un gesto mendicante teñido de necesidad, echado a suerte de la generosidad o la posesividad humanas. Una monedita, como último recurso para sobrevivir que se invoca ante quien se presume desahogado en lo económico, pero no lo sabemos en la virtud. Ellos dan su cita, con preferencia, en las encrucijadas viales, en bocacalles de las metrópolis, otros ya vegetan indolentes en las calles. Los primeros parecen tener aún una oportunidad de supervivencia rescatándose, perseverantes, ante emprendimientos hacedores: ¨La Luciérnaga¨, un ejemplo cordobés elocuente de ¡tanta dignidad para tanta adversidad!

La pobreza material extrema es un sello de marca en mayorías postergadas de América Latina y, cuesta creer que siendo una realidad tan reprochable, aun no ha merecido una sentida condena mundial y urgentes medidas superadoras. Con escaso margen para la duda, estos habitantes de la calle y sus consecuencias son ¨productos¨ de estructuras económicas, sociales y políticas injustas, fogoneadas por un fuerte sesgo de inequidad corporativa, que penetran sus raíces más profundas en terrenos de opresión, discriminación y exclusión. Trabajar en serio, para restaurar al menos la condición humana, significa actuar sobre realidades persistentes, el analfabetismo, la pobreza extrema y la morbimortalidad, sin caer en declaraciones o recomendaciones efectistas de organismos nacionales e internacionales. Para actuar sincrónicamente tanto en sus efectos, concentrando todas las energías inclusivas, pero mucho más denunciando y revirtiendo sus causas y mecanismos generadores aunados a estrategias y procesos educativos.

Deberíamos preguntarnos, en vista del Informe PNUD’2002 para Argentina, ¿por qué fue posible que un país señalado por sus recursos naturales, económicos y humanos, se haya desbarrancado al punto de convertirse en una referencia negativa en el ámbito mundial ? ¡Cómo en el país del pan, a demasiada gente le falta el pan diario, fruto de nuestra tierra y del trabajo de nuestros hombres! Afirmación que, por sí sola, expresa los alcances y magnitud de la crisis sufrida en la Argentina, y que persiste implacable, todavía, corroyendo la de vida de nuestros conciudadanos en la insatisfacción de las necesidades vitales y esenciales. La caída del PBI, el índice del desempleo blanco y la consiguiente caída en los ingresos individuales y familiares con su corolario de expansión de la pobreza, explican en buena medida el malestar social actual y los altos índices de violencia e inseguridad. Cabe señalar, sin embargo, que hay indicios alentadores en torno al quiebre de la tendencia decadente pero, claro está, esto supone un mediano y largo plazo, cuando apenas se han paliado los sectores más comprometidos con Planes Jefes o Jefas de Hogar.

Por otra parte ¿qué se le puede pedir a ese habitante de la calle, sí, a ese que pide sólo una monedita ? Nos hemos olvidado, acaso, del achicamiento del Estado, de la fantasía de reformas económicas y privatizaciones milagreras con sus tremendas y silenciadas implosiones sociales: ¿acaso padecemos de la ceguera ante tamaña desigualdad y desatinos? Parece que también olvidamos nuestro alegre y carísimo default, la corrupción transversal, la postergación y empobrecimiento de los segmentos más vulnerables de la sociedad con su consecuente ¨movilidad descendente¨. Nuestros pobres indigentes nacen antes, empiezan a trabajar -cirujeando o cartoneando- antes, se casan antes, tienen hijos antes, se enferman antes y se mueren antes.

Extendamos un brazo y encontremos la monedita que siempre tenemos...nos sentiremos mejor. Quienes niegan una chirola, muchas veces la recibieron en alguna etapa de su vida, de una u otra manera. Entonces ¡cuánta ingratitud para semejante humillación! Jamás nos arrepentiremos de dar, de ser generosos, de compartir y poder reconfortar, para participar luego activamente de programas de ayudas y promociones humanas compartiendo nuestros saberes, artes y oficios.
Cuánta necesidad de despertar el instinto solidario que habita de en cada uno de nosotros, cuánta necesidad de una suerte de misericordia social !
Es obvio que la calidad de vida de los argentinos podrá mejorarse en términos duraderos, con redefiniciones institucionales y con el compromiso de sus actores. Mientras tanto sepamos cuánto ayuda, cuánto alivia una monedita que, por cierto, mancomunada con otras moneditas, puede acercar un plato de comida en la mesa familiar, un remedio, algún abrigo o, tal vez, algún material escolar. No será poco para nuestros semejantes, no ignoremos que tienen esencialmente nuestras mismas necesidades y responsabilidades, pero carecen de recursos elementales. Asimismo, les asiste el derecho de pedir una monedita, al fin y al cabo, cada uno de nosotros tiene la libertad de darla o no. Lo maravilloso de compartirla, siempre será mejor que la inquietud interior de haberla negado, sin siquiera mirar a los ojos del que mendiga, tal vez, subiendo electrónicamente los vidrios polarizados de riquezas casi siempre inocentes, tanto como la inocencia del que implora ... tiene una monedita ?

(*)Profesor Universitario.


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