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Por Alberto Benegas Lynch (h)

Debate en los Estados Unidos: seguridad o libertad

La revolución estadounidense -en la que se ejerció el derecho de resistencia a la autoridad opresiva, en línea con el pensamiento de John Locke- fue la más exitosa experiencia de la historia de la humanidad para preservar las libertades individuales. Esto fue así debido al espíritu que predominó en la mayor parte de los documentos, forjados por personas profundamente comprometidas con los principios de la sociedad abierta.

La revolución estadounidense -en la que se ejerció el derecho de resistencia a la autoridad opresiva, en línea con el pensamiento de John Locke- fue la más exitosa experiencia de la historia de la humanidad para preservar las libertades individuales. Esto fue así debido al espíritu que predominó en la mayor parte de los documentos, forjados por personas profundamente comprometidas con los principios de la sociedad abierta.

 

Este empeño sobresale desde el Stamp Act de 1765 hasta la Constitución de los Confederados, en 1861, pasando por la célebre revuelta del té, los dos congresos continentales, la Declaración de la Independencia, la "doctrina de la muralla" en materia religiosa, los papeles federalistas, los papeles antifederalistas (paradójicamente, aún más federales), la constitución de 1787 y las primeras diez enmiendas, de 1791. Estas ideas, plasmadas en sólidos marcos institucionales, produjeron una notable prosperidad que, como señala Jean-Fran´ois Revel en La obsesión antinorteamericana , produjo envidia, resquemores y prejuicios, especialmente por parte de muchos europeos que sentían que su continente era desplazado de la posición predominante que había tenido hasta el siglo XVII.

 

Escribe Revel que, con despecho, no son pocos los que sostienen que el único logro de la civilización estadounidense estriba en el nivel material y que lo que vale en el país del Norte es el monto depositado en cuenta corriente. Revel muestra que, proporcionalmente, el pueblo estadounidense es el que más obras filantrópicas realiza, el que más va a museos y bibliotecas, el que tiene mayor número de orquestas filarmónicas, mayor grado de religiosidad práctica, mejores medios de comunicación y mejores universidades, además del mejor nivel de vida del planeta, lo cual, entre otras cosas, queda reflejado por la enorme cantidad de personas que pugnan por vivir en ese país.

 

Sin duda, esta historia tuvo interrupciones en la medida en que se adoptaron políticas contrarias al espíritu de los padres fundadores, muy especialmente a partir de los acuerdos de Génova y Bruselas de los años 20, que se apartaron de la disciplina monetaria. Esto condujo al boom y al consiguiente crac de los años 30, tan bien explicado por autores tales como Milton Friedman, Lionel Robbins y Murray Rothbard.

 

En el presente asistimos a otra era que pone en jaque el futuro de los Estados Unidos. La sociedad estadounidense está dividida por un acalorado debate que se suscitó a partir de las acciones criminales del 11 de septiembre de 2001. Estos debates quedan consignados en diarios, revistas, canales de televisión, en libros y en ensayos. Por un lado, están los partidarios de la administración Bush. Estos avalan la peligrosa figura de la guerra preventiva, que sienta precedentes de imprevisibles consecuencias, ya que Irak no atacó a los Estados Unidos ni lo puede hacer, debido a que no cuenta con misiles de largo alcance, ni con barcos o aviones para tal empresa.

 

En esta etapa, los atentados de los terroristas-asesinos comenzaron con Al-Qaeda y Afganistán. La imposibilidad de dar con el paradero de Ben Laden no autoriza a emprenderla con otro de los tantos gobiernos canallas de nuestro atribulado mundo. Esta acción bélica produjo, además, un déficit presupuestario de 450.000 millones de dólares para el ejercicio que corre, sustentado en la ingenua pretensión de que es posible democratizar un país sobre la base de las balas.

 

En conexión con los antes mencionados sucesos criminales se adoptaron medidas "de seguridad", a través del USA Patriot Act, que otorga facultades a los agentes gubernamentales. Estas incluyen el registro de conversaciones telefónicas, el inmiscuirse en la correspondencia privada, la posibilidad de detener a sospechosos sin juicio previo ni defensa (por ejemplo, por acarrear demasiado efectivo). Los detractores de esta política explican, con razón, que la sociedad libre implica riesgos (sorpresivamente, una persona puede acuchillar a otra). Pero para evitar todo riesgo haría falta colocar un policía debajo de la cama de cada uno, con lo que no sólo se habría perdido la libertad sino también la seguridad, puesto que nada hay más inseguro que el acecho permanente del gran hermano .

 

Debe recordarse, dicho sea de paso, que las espeluznantes aventuras del 11 de septiembre se llevaron a cabo con cuchillitos de cerámica debido a que, por disposición gubernamental, la tripulación estaba compelida a viajar desarmada.

 

En esta misma línea argumental, no deben abandonarse medidas de seguridad tales como las sugeridas, entre otros, por los responsables de la mayor parte de las aerolíneas comerciales, lo cual no quiere decir que el gobierno arrase con derechos fundamentales. En este sentido, resulta muy ilustrativo lo que le espetó un agente de migraciones en Estados Unidos a una periodista de LA NACION: "Usted está en el limbo, usted no tiene derechos". Esta afirmación, digna de la Gestapo, puede traducirse en un infierno y resultar en la mayor victoria del terrorismo. Los padres fundadores en Estados Unidos han señalado reiteradamente los peligros de restringir la libertad en nombre de la seguridad. Por su parte, en 1795, James Madison advirtió que de todos los enemigos de la libertad, "la guerra es el que debe ser más temido, porque desarrolla el germen de todos lo demás. La guerra engendra los ejércitos y de esto proceden la deuda y los impuestos. Y los ejércitos, la deuda y los impuestos son conocidos instrumentos para que los más estén bajo el dominio de unos pocos. En la guerra, el poder discrecional del Ejecutivo se amplía. Ninguna nación puede preservar su libertad en un estado de guerra continua".

 

En 1952 se publicó una novela de Taylor Caldwell titulada El abogado del diablo -que ha tenido un homónimo por parte de otro novelista-; en esta obra, la autora especula sobre la situación que ocurriría si Estados Unidos se tornara socialista. Caldwell escribe que el país "siempre se mantenía en estado de guerra. Siempre había un enemigo en alguna parte del mundo que debía ser vencido". Uno de los personajes de esta novela se pregunta: "Por qué se permitió que la Constitución fuera apartada de la ley? (...) No sabían acaso que mayor poder delegado a los gobiernos constituye la herramienta de los tiranos?" Ahora acaban de aparecer dos libros de gran resonancia en Estados Unidos. Uno compilado por Robert Greenwald, titulado It´s a Free Country: Personal Freedom in America after September 11 , y otro de James Bovard que se titula Terrorism and Tyranny . Desde ópticas muy distintas y explorando avenidas muy diferentes, los autores apuntan a salvaguardar el bastión del mundo libre de los abusos del poder.

 

Sin duda que quienes venimos criticando estas políticas de los Estados Unidos nos encontramos en una especie de fuego cruzado, puesto que muchos son los que lo hacen por razones opuestas: admiradores de Fidel Castro, Saddam Hussein y todos los totalitarismos instalados en el planeta a fuerza de bayoneta. Sin embargo, esto no es motivo para abandonar la tarea, especialmente si se conjetura que el camino emprendido por muchos de los políticos de Washington amenaza con acabar con las mejores tradiciones estadounidenses. Y de lo que se trata no es de formular declaraciones altisonantes como un ex post facto. La manía de la autopsia, tan generalizada entre los argentinos, hace que se critique a un gobierno cuando ya es cadáver, lo cual puede convertir a las manifestaciones tardías en irrelevantes.

 

 

Artículo publicado en el diario LA NACIÓN el 21/10/2003


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